viernes, 15 de mayo de 2015

Los estragos del tiempo

QUE EL TIEMPO es fugaz, y pone a cada quien en su sitio, es bien conocido por todos. El tiempo es tema de no poca envergadura en la historia de la humanidad. Sobre el tiempo pivotan los que considero temas esenciales en el sentir del ser humano. Conviene a saber: amor, muerte y religión; si se quiere, en este ultimo término, trascendencia o no. Todo lo demás, motivos de medio pelo, auxilires de la tríada reflejada más arriba.   
      Del tiempo se ha dicho y escrito no poco: san Agustín, sin ir mas allá, fue de los primeros en cimentar  este edificio babélico y titánico. De esto hace ya un millar y medio de años. Se dice bien y pronto. Quevedo, entre otros, es poeta que no hace ascos a este tema sobresaliente y fundamental. Agunos versos endecasilabos suenan como guadañas en sus sonetos. ¿Habrá que recordarlos?
      Todo cuanto es, se me ocurre manifestar ahora, se siente sometido al inexorable paso del tiempo, a su acompasado y firme ritmo denso,  a sus suspiros y sus avisos. La roca que sufre, tan callando, la erosión de las inclemencias temporales, el mero sesgo de pasar de la luz a la tiniebla, de la noche al día, y sus cambios de temperatura, de dirección de los vientos, de soles y lluvias, hielos, nieves, terremotos y maremotos. La tierra lamida por el río, hozada por sus crecidas, arrasada, herida y en carne viva. La hoja que verdea y la que se marchita en octubre, ¿de quién es hija, si no del tiempo? Aquellas ruinas, este despojo, ¿qué mano las puso en tierra? ¡No ven, cómo campea el tiempo, cómo se enseñorea en todo, poniendo en la cima su bandera gris, quincallera, de baratija inútil ! Tal, el tiempo. Su airado paso, como de soslayo, y sin dar tres cuartos al pregonero.
      Y, después del reino mineral y vegetal, el animal.
 Uno tiene la costumbre, casi el vicio, de tomarse la vida como una novela abierta. De tal suerte que los demás, lejos de ser el infierno, al decir del sabio y feo Sartre, devienen personajes de la misma. Es una afición y una distracción como otra cualquiera. Vas por la calle y lees en la página de la mañana, la tarde o la noche, cuanto acaece a cada instante. Ora pasa o sube un señor con cara de pocos amigos, ora otro con semblante de estúpido impertinente, ora una mujer que quita el hipo y nubla los sentidos ( uno es zafio y vulgar, qué le vamos a hacer), y se queda mirando, anonadado casi, y creyendo en Dios y Natura, como nuestros antecesores medievales y renacentistas. Respira su perfume caro, embriagador, una pizca subido y como de mujer pública, como de taxi de postín. Todo es, o puede ser alquiladizo, como un segador de antaño o un cocinero hogaño. La vi subir hacia el centro muchos días. A veces tomaba un taxi y mostraba sus galas y donaires. Siempre pintada como una ventana de lujo. Faldas cortas o ceñidos pantalones, como si la cantidad estuviese reñida con sus gustos. Generoso el pecho y más aun el escote.
      El tiempo en sazón. Veinte abriles. Y luego ya, veintisiete o veintiocho septiembres. Tiempo y tiempo. Tiempo en su ser siendo. Arañazos, dentelladas cronológicas. Y, al cabo de un lustro o lustro y medio, el fragor del tiempo. Aquel cuerpo, que tantos ojos cautivaba y tantos deseos despertaba, ¿dónde está? ¿Qué han hecho con él, tanta píldora y manoseo tanto, cabalgadas sin bridas, a pelo, y con crines doradas y luengas? ¿No está en venta ya? ¿ A qué juega contigo el mundo?  O, por mejor decir, el tiempo.
      " Todo lo mudará la edad ligera", amonesta grave el endecasílabo clásico. Y a fe que cierto es, conforme observo en el personaje de mi novela existencial. Aquella que lucía tacón de aguja ayer y zapato caro, zapatilla doméstica lleva hoy en plena calle y a la luz del mediodía. Así lo hace el tiempo: tal es su gloria.  Los pechos caen, como serones cansados y muy en uso. Los cabellos, ayer blondos y süaves, greñas recogidas al arremanguillé son hoy. Y los muslos,que los tacones alargaban y torneaban, ensalzándolos, pistoleras son hogaño del duro oeste de tu cuerpo. Culibajo y culigordo tu trasero, además de muslijunto, bien es cierto. Y por si tal no fuera poco, en tu rostro afloran las arrugas de la edad, sus zarpazos fieros y aviesos, y un mohín en la boca que delata zafiedad, grosería mientras dialogas, muy encendida, con tu prima. De tu vientre y michelines, ¿cómo hablar aquí, sin que parezca que de ti hago burla y escarnio, dulce gitana ayer mismo,  y hoy ilustre fregona?
      No sólo el cuerpo, también el ánimo, aniquila el tiempo. Nada para quieto. Esa es su gloria : ese, su infierno.




5 comentarios:

  1. Bienvenido al espacio bloguero. Así tus publicaciones no se perderán. Es una biblioteca para quien quiera conocer tus trabajos.

    ResponderEliminar
  2. Se supone que la mujer madura tiéne vida propia sin tiempo que perder con quien la desprecia.N.J.

    ResponderEliminar
  3. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar
  4. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar
  5. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar